Sergi Cámara. De la boda al miedo

Sergi Cámara

Foto: Julio Albarrán / Texto: David Martos

“Yo antes hacía bodas. Una vez, un invitado me dijo: ‘tú debes ser buen fotógrafo’. Yo le dije: ‘¿por qué?’. Y me contestó: ‘porque no se nota que estás‘”. Antes de responder a esa pregunta del público, a la que le pide que explique cómo trabaja sobre el terreno, Sergi Cámara se aleja del micrófono, recostándose ligeramente sobre la silla. Piensa la respuesta y vuelve a incorporarse. “Lo importante es ser respetuoso, mirar de tú a tú, a la misma altura. Con igualdad, pidiendo permiso, siendo sincero. No intentando engañar a tu contacto, no intentando joderle”. Empezó haciendo bodas y retratando para un periódico local la incidencia de la inmigración en Vic, su pueblo natal. Desde entonces, los éxodos son el centro de su vida profesional. “No me siento cómodo metiéndome en una guerra con tiros, en primera línea”.

Los primeros viajes como fotoperiodista no siempre salen según lo planeado. “Yo he hecho varias historias que no he colocado ni vendido, pero sirven para conocerte a ti mismo en la zona de trabajo. Es importante tener varios trabajos para mostrar cuando vas a un festival o un taller, para que se vea lo que tienes.” Los trabajos llegan. Albania, Brasil, Marruecos. De pronto, Marruecos. “Vi un breve en el periódico que decía ‘inmigrantes saltan la valla de Melilla’, y busqué más información. Fui a lo loco, no tenía claro cómo hacer la historia”. Asistió a algún intento de salto, de noche, pero las imágenes que captó con su teleobjetivo no revelaban lo que intuía al otro lado. “Para tener el documento que quería, ‘conseguir saltos’ de una manera efectiva, tenía que estar con los inmigrantes“. Un contacto facilitó a Cámara en 2004 la entrada en Marruecos y la integración con la comunidad camerunesa de mil personas que se escondía en una montaña cercana a la frontera.

Acercarse al lejano

“Fui directamente, les expliqué qué quería hacer, fui solo, ir solo facilita las cosas. Cuando vas con 2 ó 3 personas estás más protegido, pero cuando vas solo te ven más desamparado, te ayudan más.” Conviviendo con los hombres que buscaban el sueño ficticio de Europa -”querían ser futbolistas de primera división”- fotografió las contusiones que provocan las bolas de goma, condensó en su documental “La última frontera” la brutalidad de la frontera. “Si me hubiera quedado en el lado de Melilla no habría conseguido nada de eso. Cuando empecé, era una doble valla de tres metros de altura. Luego la subieron a seis, y después utilizaron gases lacrimógenos y cables en medio de la valla.” Su presencia en la montaña no provocaba desconfianza entre ellos, todo lo contrario. “Cuando íbamos a la valla, había un grupo que cuidaba de mi para que no me pasara nada, me protegían.”

Los saltos de la valla no son espontáneos. Los “dos o tres años para llegar de Camerún a Marruecos” que invierten los inmigrantes encierran tantas o más historias que las que se pueden encontrar en Melilla. En la frontera de Mali con Argelia, donde son deportadas muchas esperanzas “en medio del desierto”, “se podía ver cómo los policías argelinos accedían a las casas para ver a las prostitutas”. Para ilustrar las condiciones infrahumanas del abandono, Sergi encadena cuatro verbos: “robados, golpeados, violados, sodomizados“. Después, ilustra la huida de los somalíes y los etíopes que cruzan el Estrecho de Adén para refugiarse en Yemen, y arranca los aplausos del auditorio con un montaje multimedia con origen en Panamá, en un grupo de indígenas emberás colombianos.

Al final de la charla, una pregunta sobre el miedo. “Yo creo que el miedo hay que tenerlo siempre ahí, respetarlo, pero mirarlo un poco de lado. A mí nunca me ha pasado nada. Hay que ir con un poco de confianza en la gente, no con el miedo de que te van a robar o a pegar. Yo estuve varios días pensando si iba al otro lado de la valla de Melilla. Dejé el miedo a un lado, subí la montaña, hablé con ellos… a veces preguntando se llega a Roma.” Y tras la lucha contra el miedo, el regreso a la realidad. “Parece como si te metieras en una película y tú sales cuando quieres de esa película. Me voy al hotel, me ducho, me tomo mi cervecita… Eso es difícil a veces”. Es el dolor que genera fotografiar a personas que se juegan la vida, que incluso mueren en el intento. Porque al fin y al cabo “yo me voy para casa, soy blanquito, tengo un pasaporte europeo y a mí nadie me va a parar”.

Viajemos a 1998 con Tatiana Donoso

Nos vamos a meter, una vez má,s en la cápsula del tiempo. Viajemos a 1998, año en el que se celebró el 2 Encuentro Internacional de Foto y Periodismo “Ciudad de Gijón” para rescatar un texto del catálogo de esa edición. Su autora es la fotógrafa Tatiana Donoso, quien asistió al 1 Encuentro como alumna, nos habla de éste y del fotoperiodismo desde su punto de vista personal:

El año pasado tuve la gran suerte de asistir a los talleres que se impartieron a lo largo del 1 Encuentro de Fotoperiodismo “Ciudad de Gijón”. Llegaba allí como una persona que estaba dando sus primeros pasos en el mundo de la fotografía, y que si bien no la entendía como hobbie, tampoco la entendía entonces como profesión viable. Poder estar en contacto directo con profesionales de primera línea tanto a nivel nacional como internacional, así como compartir los talleres con otros jóvenes fotógrafos que empezaban o intentaban abrirse un camino, fu un gran estímulo para mí.

De la mañana a la noche nos sumergíamos en el submundo fotográfico, buscando el cómo y el porqué de las imágenes, de nuestras emociones  en definitiva. Comíamos, bebíamos, fumábamos, reíamos y llorábamos fotografía, instantes fugaces de una vida detenidos para siempre en el tiempo. Y ahí supe, definitivamente, lo que quería ser de mayor: cazadora de recuerdos, dibujante de luz en movimiento, fotógrafa.

Para mí Gijón ha supuesto un antes y un después. Miles de palabras bullían en mi cabeza, y tenía con quién comentarlas, con quién discutir mis pensamientos fotográficos, ¡por fin! Todo aquello que había intuido y callado salía a borbotones por mi boca y mis ojos, que todo lo miraban, todo lo sentían y todo lo hablaban. Era feliz, porque por fin sabía algo de mí en relación con el mundo, sabía qué sentía, que podía comunicarme con mis compañeros de taller, con otros fotógrafos, y si lo intentaba, con otra mucha gente a través de mis fotografías. me sentía perdida y muy cerca de mi misma a la vez, pero con la clara convicción de que ése era el inicio de mi camino fotográfico y humano, y que ésa era la hora de intentarlo, de darme la oportunidad en el mundo de la foto.

Gijón fue y sigue siendo un estímulo al que deseo exponerme una y otra vez, dejándome engullir por su energía creadora y llena de vida, participando en su espiral.

Tatiana Donoso Matthews

El viaje de Gaye | (c) Tatiana Donoso El viaje de Gaye | (c) Tatiana Donoso

Han pasado 11 años desde que Donoso escribiera este texto para la segunda edición del Encuentro, desde entonces, no ha dejado de hacer fotografías colaborando en diversas publicaciones y llevando a cabo proyectos artísiticos y exposiciones. Las fotografías de este post, pertenecen a su trabajo “El viaje de Gaye”, una radiografía social a través de la comida y los lugares donde las ingerimos.

El viaje de Gaye | (c) Tatiana Donoso El viaje de Gaye | (c) Tatiana Donoso